Extraido del Blog: http://greenpeaceblong.wordpress.com/2010/07/08/10-maneras-faciles-de-usar-menos-petroleo/

Aquí tienes mi TOP 10, no dudes en añadir en los comentarios tus propias recetas para reducir el uso de petróleo:

1. Comparte coche, usa la bici o el transporte público para ir a trabajar.

2. Elige productos que no estén envasados en plástico.

3. Compra fruta y verdura de cultivo ecológico (los fertilizantes y los pesticidas muy a menudo son derivados del petróleo).

4. Adquiere productos de belleza (champú, jabón, maquillaje) a base de ingredientes naturales, no de petróleo.

5. Siempre que sea posible, elije productos producidos localmente (así se reduce su transporte).

6. Compra ropa hecha de algodón o de cáñamo ecológico. Evita los tejidos derivados del petróleo.

7. Usa artículos no desechables en tus pic-nic, y fiestas de verano.

8. Deja de usar agua embotellada.

9. Vuela menos.

10. Exige a tu gobierno que fomente las energías renovables en lugar del petróleo.

La palabra espiritual tiene su raíz latina en spiritus que significa aliento, término que, entre otras connotaciones, alude a vida, respiración, ánimo, pero que en este caso sugiero relacionar con la expresión EL GRAN ALIENTO, utilizada en círculos esoteristas en relación con la fuente última de la manifestación de la vida, derivado de la irrepresentable e inefable idea de LO ABSOLUTO. Así pues, sugiero comprender lo espiritual, spiritus, en relación a la esencia de la existencia, de ahí la expresión común de que somos seres espirituales.

Pero también hay otro aspecto de la noción de espiritualidad que me parece un poco olvidado, se trata de mirarlo en relación a su complemento o contrario, la materialidad. En esta perspectiva de polos opuestos pero complementarios, la insistencia actual sobre la espiritualidad se da en relación al cansancio por el excesivo materialismo, con su línea de antivalores, egoismo, individualismo, separatividad, competitividad, etc. Se trataría de una especial búsqueda de equilibrio entre los valores trascendentes relacionados con las grandes preguntas de la vida y los valores de la subsistencia física y la organización social de la época moderna.

Tenemos inicialmente dos concepciones de espiritualidad que no riñen entre sí, una referida al fin último del ser y su búsqueda y logro de la re-unificación, ejemplificado por los grandes místicos e iluminados del planeta y por palabras que indican la existencia de tal posibilidad, moksha, nirvana, salvación, kaivalya, liberación, entre otras. Esta concepción está relacionada con una afirmación común en círculos teosóficos que habla de la identidad fundamental del alma individual con el alma universal o superalma, del alma y Dios, muy en relación con ideas vedanta-advaita. La segunda concepción de espiritualidad, como búsqueda de equilibrio con la materialidad, está  más en consonancia con una perspectiva evolutiva y cíclica del viaje del alma por la existencia, pasando por distintos períodos y niveles de aprendizaje, unos más materiales y otros más espirituales. Según esta línea de pensamiento, estaríamos en un proceso de transición de una época de “oscurantismo  materialista” a una época de reconocimiento de la vida presente en todas las cosas y seres y de mayor respeto y tolerancia entre sí y con la tierra, así como una civilización capaz de integrar sus conocimientos en un gran conocimiento, donde ciencia, religión, filosofía, arte, política, y todos los demás, convergen en la construcción inegoista de bienestar espiritual, las ciencias al servicio del HOMBRE, facilitando su búsqueda espiritual, en relación con la primera concepción que ya mencioné.

Aunque las grandes religiones, burocratizadas o no, siempre han tenido en su fuente un impulso de espiritualización, sería en la segunda mitad del siglo XIX que se daría un impulso diferente, que aunque involucra la dimensión religiosa y sus textos sagrados, la trasciende, integrándola en el reconocimiento de una fuente similar para todas y todos los conocimientos y ciencias. El siglo XX significó la explosión de tendencias, prácticas y formas de ver el mundo antes ocultas u olvidadas. El karma, la reencarnación, el diálogo interreligioso, la ecología y muchos otros temas son parte hoy del inconsciente colectivo humano, y cada día son más evidentes los esfuerzos que se hacen para construir sociedad y sistema económico y político a la luz de enseñanzas derivadas de tradiciones espirituales y esotéricas. Es un proceso lento, pero que avanza con firmeza. Será motivo de otro escrito que muestre la influencia de la tradición esotérica en disntintos personajes de renombre histórico y actual, así como en la creación y manejo de organizaciones y difusión de ideas a la mentalidad general de la humanidad.

Varias ideas derivan de una concepción espiritual de la vida. La primera, y tal vez la más importante, está directamente sacada de la noción de spiritus como fuente de la vida, si todo y todos tiene una fuente subyacente común es de lógica básica que todos y todo estamos interrelacionados, que somos hermanos en esencia, de ahí la maravillosa y potente idea de la fraternidad. Hay que decirlo, la idea de fraternidad tiene un alto contenido político en sentido amplio, si reconocemos esa hermandad subyacente y por tanto actuamos en consecuencia es posible avanzar en la construcción de una sociedad de menos enfrentamientos entre individuos, organizada en base al respeto por la vida espiritual que anima todas las manifestaciones, porque hacerle daño a una de ellas implica hacernos daño a nosotros mismos. Esta es la lógica de esta idea, si te daño me daño, y por tanto obstaculizo mi progreso. Parece simple.

El político en sentido platónico es quien tiene acceso AL BIEN como fin último de la existencia. El filósofo-rey se remonta a la fuente de las cosas y ve con claridad, por lo que es su deber ayudar a crear las condiciones generales para que el pueblo que guía se dirija hacia esa fuente sin forzar sus elecciones, para que por sí mismos descubran el sentido de la vida y junto se dirijan hacia ello. Esta es la versión ideal por excelencia de la política, pero no estamos en las circunstancias en que tal cosa sea posible, sin embargo, como ideal tiene un valor importante que hala al político bien intencionado hacia su cumplimiento, que lo inspira y le da solaz en el difícil trasegar de la vida de gobernante.

Quiero resaltar la función de guía de los gobernantes. La capacidad de hacer elecciones hacia adonde ir, dependiendo de su visión y contenido interno y mental, esas elecciones llevarán a un lado u otro, el político espiritual sin duda elegirá la ampliación de los horizontes humanos para el bien general, y tendrá la capacidad de responder a las necesidades del momento, pero también de integrarlas en un sendero de crecimiento social mayor, porque tiene una visión más holística de la existencia y de su papel en ella. A mi parecer, se ha olvidado esa opción de los gobernantes de definir horizontes hacia donde ir, están tan enfrascados en lo cotidiano y en las políticas que no dan espera, que la visión estratégica de futuro ni siquiera es visible, las grandes decisiones y las grandes políticas en función de futuros de hermandad y belleza social. Yo, por ejemplo, tomo muy en cuenta a los políticos que solo prometen acciones específicas, generalmente superficiales, y que no son capaces de adentrarse a la raíz de los problemas, y que además no son capaces de hilvanar su acción política en un todo mayor, en un horizonte de futuro integral y posible. Por supuesto tomo muy en cuenta estos políticos, pero para no votar por ellos.

Retomando la idea de fraternidad, esto implica no solo un respeto por la vida entre seres humanos, que sin duda es un logro deseable, pero es necesario ampliar esa noción a todas las expresiones de la vida animal, vegetal, mineral, y las demás. Por poner un ejemplo del cambio necesario, es importante que los sistemas productivos basados en la explotación natural, de minerales, plantaciones, animales se regulen en perspectiva ecológica y de supervivencia de largo plazo, es decir en perspectiva de humanidad.

Otra dimensión de la fraternidad en relación con los gobernantes es la relación entre países y el tema de las fronteras. Los pueblos y sus culturas por un largo, y muchas veces violento, proceso se han configurado en Estados, lo cual constituye un logro importante en la organización de la sociedad en la perspectiva de pasar del Estado de naturaleza individualista y descoordinado a un pacto social que configura una relación social con un centro que vela precisamente por el mantenimiento de la sociedad y por el progreso hacia logros mayores, evitando la perpetua zozobra de la competencia individualista por la subsistencia. Pero el Estado no es un fin en sí mismo, es solo un medio, un momento histórico, una transición, que debe evolucionar a niveles de organización mayor, no podemos seguir defendiendo a rajatabla la soberanía, ni usándolo como disculpa para guerras y pleitos entre países hermanos.

Así como el Estado fue un gran logro, lo es más recientemente Naciones Unidas, en el primer caso se supone que los individuos pactaron y negociaron la creación del Estado, Naciones Unidas representa lo mismo pero al nivel de los Estados, estos deben pactar y negociar la creación de un centro mayor, a nivel planetario, que cuide y ayude a sostener la convivencia planetaria, por encima de los intereses particulares de los Estados por separado. Por supuesto esto es un proceso largo, ya sabemos de las dificultades de la ONU, algunos países se gastan 10 veces más en guerras y armas lo que es el presupuesto de ONU. Todavía falta mucho por aprender.

Continuará….

Por Juan Gui

Radha Burnier, ‘The Theosophist’, mayo del 2.000

Se dice que en los Estados Unidos dos millones de personas están ahora en las cárceles; muchas de ellas han sido apresadas por infracciones bajo efectos de las drogas, no por actos violentos. Las cárceles privatizadas están haciendo un buen negocio; lo mismo que los traficantes en drogas. Pero la causa raíz de la propagación de la adicción no parece que esté recibiendo atención. En Holanda, por otro lado, los adictos a la droga están teniendo una buena época debido a las nuevas políticas del Estado que buscan parar la actividad subterránea. Los adictos están afluyendo a esta ‘capital de la droga’ en Europa. La prohibición de los burdeles en Holanda también se ha levantado supuestamente para mejorar la salud y la seguridad. Globalmente la prostitución organizada ha crecido de modo que no tiene precedentes, con la ayuda de la nueva información tecnológica. Millones de niñas y jóvenes de los países más pobres han sido llevadas por la mafia y reclutadas con engaño o por la fuerza en lo que ahora se llama la ‘industria del sexo’.

Estos ejemplos deben cuestionarnos sobre el propósito del Estado. El profesor K.P. Mukerji, en su libro El Estado (TPH Adyar), señala que incluso bajo la constitución más democrática, el Estado es capaz de legalizar ilegalidades.

¿La legalización reduce el sufrimiento y la degradación envuelta en la industria del sexo o de la adicción a la droga? ¿No tiene el Estado la obligación de ayudar a sus ciudadanos a alcanzar niveles morales más altos y elevar la calidad de la civilización? ¿Indudablemente no debiera ser el Estado sólo una organización gigantesca para facilitar la vida material sino el elevador de la mente y del comportamiento humanos?

Mucho se ha escrito y dicho acerca del papel del Estado desde los más antiguos tiempos de Manú y de Platón hasta ahora, incluyendo su responsabilidad para mantener un orden moral e incluso fomentar el estudio y la investigación espiritual. Hemos permitido que el mundo se enferme, porque, como señaló Annie Besant, hemos hecho del Estado y de la gente entidades opuestas que ‘están en una condición de tregua vigilante y armada’. El terreno se ha hecho fértil para el conflicto entre los explotadores y los explotados, y se está ampliando la brecha entre el extremo lujo y la extrema pobreza. El que haya o no haya una constitución democrática, parece que difícilmente produce una diferencia. Incluso en las así llamadas democracias, en donde una cierta libertad se supone que existe para el ciudadano para que crezca estética, intelectual, moral y espiritualmente, hay muchas clases de opresión.

El Estado renuncia a su responsabilidad cuando las condiciones sociales y morales conducen a la violencia, a la explotación, a la crueldad organizada y a otros síntomas de decadencia. También fallan los ciudadanos para asegurar su propio bienestar y el de los demás, cuando ignoran y suprimen su conciencia y su deber moral por causa del confort y los placeres. El verdadero Estado Benefactor no complace meramente las necesidades físicas, sino debe estar preocupado por el desarrollo moral y espiritual de todas las gentes. La mutua relación entre los ciudadanos y el Estado debe estar basada en el reconocimiento de la unidad de la vida y la realización de que ‘si una parte del cuerpo sufre, todo el cuerpo siente el daño’. Como declara el Profesor Mukerji: ‘Los aspectos intelectuales, socio-morales y espirituales de nuestra vida deben integrarse en una visión sintética de la vida, y sólo entonces tendremos una filosofía política válida.’ De tal manera que la Teosofía no está desconectada de la ciencia política y de las políticas.

Desafortunadamente hoy en día la sociedad presiona a sus ciudadanos para que sean despiadadamente ambiciosos, y los ciudadanos conspiran con su egoísmo para que el Estado sea una máquina tiránica. Se necesita una nueva conciencia para transformar la relación entre los ciudadanos y el Estado dentro de un orden sano basado en principios morales y espirituales, y no en el logro de poder.

 

Juan

“si no nos valemos de ella, habremos traicionado a los que sacrificaron sus vidas por que nos fuese posible reunirnos aquí, segura y libremente, para forjarla. Si intentásemos servirnos de ella con egoísmo –en provecho de una sola nación o de un grupo pequeño de naciones-, seríamos igualmente culpables de esa traición.”

Harry Truman, hablando de la Carta de Naciones Unidas

Este escrito pretende establecer algunos lineamientos generales que permitan un acercamiento más profundo a los orígenes de la acción multilateral estatal. Del mismo modo presentamos un bosquejo del sistema de Naciones Unidas con el fin de demostrar que este sistema fue uno de los grandes logros del siglo XX y la máxima expresión alcanzada hasta nuestros días del ideal multilateral como accionar conjunto de las naciones estado que se reconocen partes de un todo mayor con problemas comunes, que los trascienden, y que sólo pueden tratarse eficientemente con la cooperación de todos.

Es importante tener como punto de partida una definición básica de multilateralismo. Karen A. Mingst y Margaret P. Karns[1]lo definen como: “The conduct of international activities by three or more states in accordance with shared general principles, often through international or multilateral institutions.”[2]

Devenir multilateral

El corazón de la definición citada referente al multilateralismo alude, básicamente, a las actividades interestatales desarrolladas por más de dos Estados. Esta idea es esencial para el curso de este ensayo; y es que nos declaramos a favor de la hipótesis, que creemos verificable históricamente, de que hablar del nacimiento del Estado moderno (S. XVII) significa, por lógica básica, hablar del nacimiento de las relaciones internacionales y en parte, por qué no, también de multilateralismo, de acuerdo a la definición dada y teniendo clara la diferencia entre sendos conceptos. Lo contrario sería aceptar que antes de la Paz de Westfalia no habían existido todo tipo de relaciones claramente identificables como internacionales, llámeseles interfeudales si se quiere.

Los Estados nacieron interrelacionados, claro que no equiparable a los niveles alcanzados en el siglo XX, y ello se demuestra en su misma afirmación de soberanía, la cual desde sus inicios se ha entendido en relación al otro; era respecto a lo exterior (Estados imperiales principalmente) que se afirmaba ser soberano, lo que significaba y significa hoy, que no se iban a aceptar ningún tipo de injerencias. La evolución del Estado en La Modernidad implica, en gran parte, el reconocimiento de esa interrelación e interdependencia. Y el multilateralismo es una manifestación de este reconocimiento.

En los primeros tiempos del Estado moderno, igual a como sucedió en la antigüedad, hubo alianzas entre entidades políticas, tanto para la guerra, como para asuntos comerciales, algunas veces expresadas en tratados. Esto por mencionar el accionar abierto, porque sobre el secreto, aunque todos lo aceptamos, sigue siendo cuestión de dilucidación de los investigadores históricos.

A medida que los Estados se fueron consolidando y sus relaciones complejizando se hizo necesario reconocer algunos principios básicos derivados de la costumbre, los cuales permitieran regular esas relaciones y superar, en parte, la continua lucha. Bástenos recordar la contribución de Hugo Grocio[3] (1583-1645), que incluso fue hecha antes de la aceptada Paz de Westfalia, para la mayoría el punto de partida del Estado Moderno. En su gran obra De iure belli ac pacis de 1625 crea las bases de un ordenamiento jurídico con la pretensión de regular las relaciones entre las entidades políticas de la época, siguiendo los desarrollos teóricos de la llamada Escuela de Salamanca encabezada por Francisco de Vitoria, regida toda por el iusnaturalismo.

Ya que mencionamos el denominado padre del derecho internacional, hagamos un paréntesis para adelantarnos hasta el siglo XX, para decir que el derecho internacional se convirtió en ese siglo en uno de los principales sustentos del multilateralismo, constituyéndose en la médula espinal de sus principales desarrollos.

Lo que sucedió para la formación del Estado, tanto conceptualmente desde el estado de naturaleza, como desde la praxis que dio forma al Estado moderno (siglos XVI; XVII) que suponemos dada y refrendada por los datos historicos, empieza a suceder, a otro nivel y a otro ritmo, para todo el planeta. El mencionado “pacto” social, ahora a nivel internacional, entre sociedades, empieza a construirse. Antes las personas, al decir de Los Contractualistas, decidieron, por su bien, superar el estado de naturaleza, firmando el pacto. Sostenemos en este ensayo que inmediatamente este se “firma” para dar nacimiento al Estado moderno, tesis por desarrollar, empieza el proceso por “el gran pacto” entre los Estados. Si aún después de tantos años de “firmado” el pacto que da nacimiento al Estado, y que precisamente buscaba orden y paz, los conflictos entre las personas y la desarmonía generalhan subsistido entre los que lo “firmaron”, qué decir de lo que ha sucedido a nivel internacional en pro de superar esa condición natural anárquica entre los Estados-Nación, según el realismo político. Esto no implica la negación de ese “abstracto pacto”, ni mucho menos sus logros, por ejemplo, los mayores niveles de organización social y los mayores grados de cooperación que han dado pie a los grandes desarrollos sociales, tecnológicos y científicos bases de lo que conocemos como la civilización actual.

Con las teorías contractualistas e iusnaturalistas entramos al siglo XIX. En este siglo tenemos elementos suficientes para ilustrar el desarrollo concreto de las relaciones internacionales, muy cercanas a como las vivimos en el siglo XX. Por ende también son abundantes los ejemplos del creciente accionar entre Estados por asuntos de concerniencia mutua.

En el siglo XIX surgen las primeras organizaciones internacionales referenciadas, tanto no gubernamentales (ONG) como intergubernamentales (OIG). Entendemos en este escrito que las OIG son organismos formados por Estados, y que las ONG son organizaciones formadas por la sociedad civil, nos referiremos principalmente a las ONG con operatividad más allá de las fronteras de un solo Estado, es decir que existen ONG nacionales e internacionales. Pearson y Rochester[4] hablan de OIG`s como la Comisión Central para la Navegación del Rhin de 1815, La Unión Telegráfica Internacional (UTI, 1865), La Unión Postal Universal (UPU, 1874) etc, igualmente se sabe de algunas ONG`s que para esa época ya eran reconocibles, la más importante de todas fue El Comité Internacional de la Cruz Roja o CICR (1863).

Por otro lado está El Congreso de Viena (1814-1815) que de algún modo es el principal mojón histórico para ubicar la primera gran instancia multilateral de los últimos 200 años. Después de finalizado el intento imperialista de Napoleón, los “triunfadores” se reunieron para “reordenar” territorial y políticamente a Europa. A nivel político querían restaurar el régimen absolutista y asegurarse de que no se repitiera el intento de ninguna potencia por dominar toda Europa. Trataron de borrar del mapa todo lo que tuviera aroma liberal, socialista o democrático. Para ello se reunieron en Viena durante 9 meses con representaciones intermitentes logrando importantes acuerdos: repartición territorial para las cinco grandes potencias convocantes, Inglaterra, Austria, Rusia, Francia y Prusia; la creación de La Santa Alianza con el fin de hacer que los Estados se comprometieran a respaldar a los que se vieran amenazados en su régimen absoluto y soberanía, con el envío de fuerzas militares cuando fuera necesario; y la Cuádruple Alianza que fue el pacto para la realización de una serie de congresos que permitieran continuar manteniendo la paz y avanzando en el proceso de restauración. A nivel general, para resaltar desde el punto de vista de este escrito, lo más importante fue que el Congreso de Viena constituyó un pacto multilateral con pretensiones de mantener la paz, como la entendieron las potencias de la época, que alcanzó a extenderse cerca de 30 años con buenos resultados, claro que para algunos, este se extendió hasta el siglo XX y fue roto por la primer guerra mundial. Otro importante efecto del Congreso de Viena fue la constitución de la Comisión Central para la Navegación del Rhin, esta sí, para muchos, la primera gran OIG de carácter multilateral con capacidad de regular las relaciones de los Estados que la formaron en los asuntos de interés mutuo que los llevó a reunirse con el fin de establecer controles al uso navegable del río que a todos atravesaba, o con el que tenían que ver de alguna forma. Es de resaltar que aún existe esta comisión (ver página oficial, www.ccr-zkr.org/)

Dentro de las OIG´S, que son las que más nos interesan, por estar conformadas por Estados, condición básica para que haya multilateralismo, tal y como lo definimos al principio, vamos a traer a colación el ejemplo del nacimiento de la Unión Telegráfica Internacional (UTI), hoy denominada Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). Este ejemplo nos servirá para ilustrar a grandes rasgos el surgimiento del multilateralismo. Aclaramos que la creación de la UIT o UTI del siglo XIX no es, ni mucho menos, el punto de partida del multilateralismo, antes tenemos como referente el llamado Concierto de Europa conformado después de las Guerras Napoleónicas, del cual ya tratamos. Lo traemos al texto como forma de ejemplificar el surgimiento de ciertos asuntos que se convierten en internacionales y que requieren igualmente un tratamiento internacional para su mejor manejo. Resumiremos la historia de la UTI, según está en la página web de la Unión Internacional de Telecomunicaciones[5]. Se nos dice que en 1844 Samuel Morse inauguró la era de las telecomunicaciones con el envío del primer mensaje telegráfico entre Washington y Baltimore, USA. Con este desarrollo tecnológico en continua popularización se llegó al punto de ver que cada país había creado su propio sistema telegráfico, lo que ocasionaba enormes dificultades para las comunicaciones transfronterizas, ralentizando el sistema y haciéndolo más costoso. Para solucionar este problema varios Estados empezaron a firmar tratados bilaterales, sin embargo aún así se hacía compleja la interacción entre los mismos, por la enorme cantidad de tratados que tenían que firmar los unos con los otros por separado. Esta situación y la creciente expansión de las redes telegráficas llevó a que por fin 20 Estados europeos decidieran reunirse para establecer un “acuerdo marco para la interconexión internacional.” El 17 de mayo de 1865, tras dos meses y medio de arduas negociaciones, 20 estados miembros fundadores firmaban en París el primer Convenio Telegráfico Internacional y creaban la Unión Telegráfica Internacional,” creando así las primeras normas comunes para la interacción telegráfica, base de la actual normatividad mundial sobre telecomunicaciones.

Pero es definitivamente en el siglo XX cuando se evidencia, por no decir consolida, todo ese proceso. El desarrollo en las comunicaciones contribuye mayoritariamente en el aumento de los intercambios internacionales de todo tipo. Aumentan desaforadamente el número de OIG`s y ONG`s, y se hacen más evidentes los problemas que superan las acciones particulares de los Estados.

Según estadísticas citadas por Pearson y Rochester[6] el número de OIG ha crecido hasta nuestros días de este modo: 10 en 1870, cerca de 50 en 1914, casi 100 en 1945, más de 200 en 1970, para llegar a un número aproximado de 300 en la actualidad, esto lo que muestra a nuestro entender es la crecienteimportancia de la cooperación internacional, que es la base del multilateralismo, que a la vez consideramos debe ser la base de las interacciones estatales en un mundo globalizado. Respecto al crecimiento de las ONG estos autores aportan los siguientes datos: 5 en 1850, 330 en 1914, 730 en 1939, 2300 en 1970, para pasar en la actualidad a la enorme cantidad de 10.000 ONG´S. Valga la aclaración que el número varía dependiendo de las características utilizadas para categorizar las organizaciones como ONG. Una de esas categorizaciones habla de cerca de 40.000 ONG[7].

Podríamos decir que este naciente multilateralismo (finales del siglo XIX, principios del XX) estaba enfocado en asuntos, por decirlo de algún modo, ajenos a los grandes temas políticos, ajenos a la “alta política”, algunos organismos internacionales eran geográficamente muy limitados y funcionalmente eran unipropósito, por ejemplo la UPU. Pero llegaría el primer round de “La Gran Guerra”, 1914 – 1918 (entiendo la 1ra y 2da guerras como etapas de un único proceso), para hacer ver a algunos gobiernos importantes de la época el impacto de su propia incapacidad para organizarse. Cantidades de muertos nunca antes vistas[8], armas con capacidad para dañar al no combatiente, de gran impacto colateral en la sociedad civil, grandes dificultades para socorrer a las víctimas, nuevas inquinas y odios etc. todo esto lleva a algunos hombres, al parecer inteligentes, a interrogarse acerca del modo de evitar tan lamentable “involución”. Es cuando se da inicio a lo que 25 años más tarde va terminar siendo la Organización de Naciones Unidas, ONU. Cualquier intento de ese talante, desde nuestro imaginario académico “positivista”, siempre ha sido considerado idealista, llámese Cosmopolitismo, Pacifismo, Universalismo, Mundialismo etc. Tal vez si nos trasladáramos imaginariamente a los pensamientos de las personas pre-estatales, para ver sus dudas, preconcepciones y temores respecto a que se concentre en un sólo centro el monopolio de la ley y de la fuerza, podríamos entender un poco lo que ha sucedido en el siglo XX respecto a entidades supranacionales y a las posibilidades de alguna forma de gobierno mundial. Dudas que hoy son evidentes en todo proceso de supranacionalidad.

Uno de esos hombres, al parecer inteligentes, para unos idealista para otros enormemente pragmático, dependiendo desde donde se defina, fue T. Woodrow Wilson[9]; especialmente importante para nuestro tema por sus 14 puntos[10]. En el último de ellos propone “la creación de una sociedad general de naciones” llamada a organizar algunos asuntos políticos y territoriales, y conseguir una paz duradera, haciendo eco a la opinión pública internacional que quería dejar atrás el panorama desolador de la guerra recién vivida. Incluso se marchó a Europa durante seis meses a tratar de sacar adelante su idea, la cual hizo parte del Tratado de Versalles, exponiéndose a que sus oponentes en el gobierno de EEUU se aprovecharan de ello para sacar ventajas políticas, lo que a la postre sucedió. Sin embargo esa visión, ese idealismo[11], terminaría siendo determinante para lo que sería el siglo XX.

Se creó La Sociedad de Naciones, un primer gran instrumento de la comunidad de estados de la época, para alcanzar niveles superiores de convivencia internacional por medio de la discusión civilizada y el acercamiento entre los gobiernos, especialmente interesados en evitar volver a caer en la barbarie y profundización de la guerra a los niveles recién vividos. Básicamente por no cumplir con este propósito La Sociedad de Naciones entró en decadencia. El estallido del segundo round de “La Gran Guerra”, que había sido incubado en la finalización del primero, sería el golpe final al idealismo de Wilson y J. C. Smuts[12] y el fin de la Sociedad de Naciones.

Pero al parecer este primer gran intento de multilateralismo global, su nacimiento, su proceso vital y su final muerte, no fueron en vano: “Constituyó una experiencia de inestimable valor en la construcción de la sociedad internacional contemporánea; institucionalizó la multilateralización de las relaciones internacionales; canalizó una profunda reforma del sistema internacional, aunque mantuvo constante su lógica interestatal; anticipó los objetivos básicos (paz y seguridad) y las estructuras de la futura Organización de las Naciones Unidas (ONU); e impulsó de forma decisiva la codificación del Derecho internacional y la toma de conciencia sobre la dimensión internacional de los derechos humanos[13].” También se creó en 1919 la Organización Internacional del Trabajo, además de ser el punto de partida para la cooperación internacional, representada para esa época con la Organización para la Cooperación Intelectual.

Nacimiento de la ONU.

Paradójicamente es durante la misma guerra que se desenvuelve todo el proceso de negociación y formación de la ONU, cuyo objetivo sería el mantenimiento de la paz. Sin todavía EEUU haber entrado en la contienda mundial (agosto 1941), se estaba reuniendo Franklin Delano Roosvelt con Wiston Churchill, supuestamente estableciendo los principios de lo que sería la posguerra; encuentro del cual surgiría la declaración conjunta conocida como la Carta del Atlántico, que para muchos es el punto de partida para la nueva organización internacional para la que unos meses después Roosvelt proponía el nombre, que finalmente llevaría, de Naciones Unidas.

El parto no fue fácil. Involucrara la URSS, con Stalin y V. Molotov, Ministro de Exteriores, a la cabeza, no fue un proceso sencillo. Es bien conocida la oposición radical de Molotov a toda política de occidente. Lo cierto fue que las potencias aliadas, EUA, Inglaterra y Rusia lograron ponerse de acuerdo (o negociar sus intereses), primero en la reunión de sus ministros en Moscú y luego de sus jefes de estado en Teherán, esto en 1943, y luego en Dumbarton Oaks, Washington, en 1944, de donde salió el esquema básico de lo que el 25 de Junio de 1945 sería la Carta de Naciones Unidas y que daría pie a que el 24 de Octubre del mismo año, después de cumplidos algunos requisitos, empezara funciones las Naciones Unidas.

La ONU se convertiría hasta nuestros días en el gran adalid del multilateralismo moderno, asumiendo papeles antes impensables, por pertenecer a la “alta política” de los Estados. Como lo dice el primer propósito del primer artículo de La Carta de Naciones Unidas esta se propone “Mantener la paz y la seguridad internacionales {…} de conformidad con los principios de la justicia y del derecho internacional…” Para esto se diseñó, según la Carta constitutiva, una estructura especial con seis grandes órganos, que son los que se encargan de llevar a cabo la labor de la ONU. Estos órganos son: La Asamblea General, que es el órgano principal conformado por todos los Estados miembros, democrático por naturaleza, que trata todos los temas y delibera sobre los mismos; El Consejo de Seguridad, el órgano real de poder encargado de la función principal de la ONU (mantener la paz), en él están representados los triunfadores de la guerra, cuestionado por ser poco democrático; El Consejo Económico y Social (ECOSOC); El Consejo de Administración Fiduciaria, órgano en desuso en este momento por haber cumplido su misión, que básicamente era la descolonización de las naciones en manos imperialistas; La Corte Internacional de Justicia y La Secretaría General.

Realmente el Sistema ONU no se reduce a estos seis organismos, dentro de cada uno de ellos hay otra serie de organismos especializados, comisiones, departamentos, oficinas, programas, fondos etc; todos estos conforman el grueso del Sistema de Naciones Unidas, que no sólo comprende las Operaciones de Mantenimiento de la Paz, por las que comúnmente se juzga todo el Sistema ONU. Este sistema es mucho más complejo y por ende más difícil de abarcar para juzgarlo rápidamente, independientemente de que se le acuse de servir los intereses de las grandes potencias, afirmación que da para una amplia discusión. Sucintamente mencionaremos el caso de Estados Unidos, ésta nación fue la principal impulsora de la ONU, en nuestros días es la que más aporta al presupuesto de la misma, con cerca del 25% del total, sin embargo, también en nuestros días, ésta misma nación se ha convertido en la principal enemiga de las Naciones Unidas, a la cual ha tratado de manipular y sobre las decisiones de la cual ha pasado por encima varias veces, como es el caso más reciente de la invasión a Irak. Igualmente abusa del hecho de ser el principal aportante, amenazando con retirar sus apoyos y desinformando al pueblo norteamericano y mundial acerca del uso de los dineros. Se juega políticamente con el presupuesto de la ONU, este es de usd 5000 millones, mientras el presupuesto norteamericano en el área militar está cercano a los usd 500.000 millones. Por algo se ha dicho que si 200 millones de estadounidenses aportaran dos dolares mensuales, 24 anuales, con eso se cubriría el presupuesto general de la ONU.

Algunos de los Estados, entre ellos Estados Unidos, acostumbran lanzarse en ristre contra la ONU, criticándola por diferentes tipos de acciones, muchas veces como mecanismo para desviar la atención de sus propias incapacidades. Se olvidan que la ONU no es un ente extraño, existente por sí mismo, que actúa con una supervoluntad propia. Es la expresión de la voluntad política de los gobiernos de los Estados que la conforman, quienes le aportan los recursos, quienes organizan la agenda de la Asamblea General y llevan a discusión los temas particulares de cada uno de ellos. Donde después de los juegos de poder y de intereses, de largas discusiones y enfrentamientos, normalmente se llega a decisiones que quiéranlo o no, están legitimadas por ellos mismos por el sólo hecho de ser miembros de la organización.

Se le exige mucho a la ONU, pero poco se le aporta. Normalmente se generaliza desde la crítica hecha a las operaciones de mantenimiento de la paz (OMP), sobre las que se piensa que han fracasado (algo bastante discutible), hasta todos los campos de acción en que la ONU actúa y genera conocimiento. Se sabe que después de La Guerra Fría los llamados a la ONU para OMP aumentaron. ¿Fue igual o proporcional el aumento en los aportes por parte de los Estados miembros? Y esto sólo hablando de dinero, porque es bien conocido lo renuentes que son muchos Estados para colaborar con soldados para tales operaciones. Igualmente es muy poca la voluntad para dotar a los Cascos Azules de mandatos más amplios, con mayor autoridad y capacidad de acción. Y después se les critica por no hacer nada. La ONU es lo que sus Estados miembros deciden y tienen las agallas de hacer. Cuando fracasa la ONU, son los Estados miembros los que fracasan, a no ser en casos específicos de ineficacia de funcionarios que desatienden el mandato ONU.

Hemos trazado hasta aquí los orígenes del multilateralismo hasta su máximo logro, la ONU, con la que empieza un proceso complejo para la reorganización del orden internacional bajo perspectivas verdaderamente multilaterales. Han pasado poco más de 60 años y el proceso no se ha consolidado como muchos lo soñaron en los primeros tiempos de Naciones Unidas, sin embargo, lo decimos como hipótesis, el proceso es irreversible en un mundo globalizado. Los éxitos son menos conocidos que los fracasos, pero no por ello se ha dejado de actuar. La ONU sigue su marcha. Al llegar al final de La Guerra Fría comenzaron una serie de cuestionamientos, derivados especialmente del advenimiento del “nuevo orden mundial” post-bipolaridad, que se centraban en proyectar la ONU para responder a las nuevas exigencias y configuración geopolítica global, muy diferentes a las condiciones en las que había sido creada. Este proceso de reforma se ha extendido hasta nuestros días con logros importantes en algunos aspectos, pero con algunos otros, tal vez los más importantes, en los que no se ha podido lograr ningún cambio sobresaliente, como sucede con la sonada necesidad de reforma del Consejo de Seguridad y la eliminación del derecho de veto de “los cinco grandes” o la inclusión de nuevos miembros permanentes.

En general el multilateralismo, con sus grandes instituciones, -la ONU, la Organización Mundial del Comercio, El Banco Mundial, El Fondo Monetario Internacional, la OEA- etc, vive un proceso crítico en el que se urgen cambios importantes para adecuarse al mundo globalizado, especialmente en lo que se refiere a la democratización de las instancias multilaterales para que sean más representativas del sentir mundial y de los grandes problemas de la política global, que no dan espera. Es para dar solución a estos problemas que se necesita más multilateralismo. ¿Qué tipo de asuntos llamo de política global o mundial? Aquellos que superan el accionar solitario de un Estado o de varios, porque trascienden sus medidas, involucrando tanto directa o indirectamente a casi o a todo el planeta, haciendo necesaria su contención a través de acciones, mientras más “mundiales”, más eficaces. Son los asuntos del planeta mismo, del escenario sobre el cual actúan los Estados, que indefectiblemente los une en un sistema de vida superior a sus propios intereses y pareceres. Los principales ejemplos para nuestro tiempo son: la pobreza, las armas, tanto de destrucción masiva, como armas pequeñas o ligeras, el SIDA, el terrorismo, el medio ambiente, las emigraciones/inmigraciones, los derechos humanos, la trata de personas, el agua, los paraísos fiscales, las drogas etc. En todos esos problemas la visión lineal de progreso, preponderante en La Modernidad tiene que ver como esquema macro del imaginario humano, es decir subyace como causa principal de esas diferentes problemáticas. Aunque la mayoría de estos problemas sólo son identificables muy recientemente, no debemos suponer que salieron de la nada.

A modo de conclusión y refiriéndonos específicamente a la ONU, estamos de acuerdo en que sea reformada o que se reconstruya totalmente. Sobre esta última posibilidad dudamos completamente que pueda llevarse a cabo positivamente, porque no hay un ambiente internacional que de pie a la formación de una nueva organización del tipo y naturaleza de la ONU. En un ambiente unilateral no es posible que nazca algo como la ONU. Sería mejor aprovechar el terreno ya arado para sembrar sobre él y llevar a cabo los debidos correctivos que tanto pide la comunidad internacional respecto a la ONU. Especialmente en lo que se refiere al Consejo de Seguridad, sobre el cual se pide que sea más representativo de la distribución actual del poder en el mundo. Se necesita, principalmente, una reforma a la Carta constitutiva de la ONU, que la adecue a los tiempos actuales y a las necesidades de éstos, y como constante, se necesita más voluntad política; tal vez con estos cambios sea posible redireccionar el multilateralismo moderno para que dé respuestas más adecuadas a las grandes necesidades humanas planetarias de nuestra época, ya mencionadas.

Es bien conocida la expresión que dice acerca de la ONU, que si no existiera sería necesario crearla. Se alude así a la importancia del papel que tal Organismo Intergubernamental cumple en el mundo actual, del que, si nos permitiéramos prescindir del mismo, bien se podría decir que hemos retrocedido en la búsqueda del bienestar humano a nivel global. Tal y como dice el epígrafe sucedería lo impensable, una traición: de los grandes líderes políticos a sus propias naciones y a la humanidad misma.

Bibliografía

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[1] MINGS, Karen A. y KARNS, Margaret P. The United Nations in the Post Cold War Era. Westview press. Second Edition. 2000. Pàg. 256.

[2] Traducción propia: “La conducción de las actividades internacionales por tres o màs estados de acuerdo con principios generales compartidos, a menudo a travès de instituciones internacionales o multilaterales.”

[3] SABINE, George. Historia de la Teoría Política. Pàg. 327.

[4] PEARSON, Frederich S. y ROCHESTER, J. Martin. Relaciones Internacionales. Mc Graw Hill. Cuarta Ediciòn. 2000. Pàg. 342.

[6] PEARSON, Frederich S. y ROCHESTER, J. Martin. Obra Citada. Cap. 10.

[7]ANHEIER, Helmut. Global Civil Society 2001. El doctor Anheier fue uno de los fundadores del International Society for Third-sector Research. www.istr.org

[8] KRIPPENDORFF, Ekehart. Obra citada. Pàg. 16. para datos acerca de la progresión en que ha venido creciendo el número de muertos en las guerras desde inicios del s. XIX hasta las grandes guerras del XX.

[9] DODD, William E. Woodrow Wilson and his Work. New York, 1932. Biografía extraída de: http://www.archive.org/details/woodrowwilsonand001312mbp

[10] ORTIZ, Eduardo. El Estudio de las Relaciones Internacionales. FCE. 2000. Càp. IV. Pàg. 96.

[11] Siempre hay un dejo despectivo en muchas personas cuando se habla de idealismo. Sin embargo, es bastante real el papel de los soñadores, visionarios, idealistas y “locos”. Aunque muy seguramente nunca veremos un tipo de organización ideal perfectamente plasmada en la realidad, esas ideas seguirán siendo parte del siempre en expansión horizonte al cual la humanidad se estará moviendo, por que por más que queramos ver lo que es, tal y como es, no podemos negar que siempre estará siendo algo más.

[12] Líder sudafricano que publicó un texto bastante influyente para la formación de La Sociedad de Naciones: The League of Nations: a Practical Suggestion.

[13] “Sociedad de Naciones.” Microsoft® Encarta® 2006 [DVD]. Microsoft Corporation, 2005.

Por Dr. Ricardo Rovira Reich

Extraido de:http://www.civilitas.com.ar/tacito.htm

Hemos intentado esbozar el modo en que entienden Cicerón y Séneca, como personalidades relevantes y muy significativas de lo que constituye la esencia del mundo clásico romano, la importancia de la actividad política y la consiguiente formación de buenos ciudadanos y de buenos gobernantes. El abordaje, como corresponde naturalmente a sus características personales, es el propio de filósofos, con dedicación a actividades literarias y retóricas, interesados en la historia patria, con amor a sus tradiciones, profesionales del foro y protagonistas esforzados de la política de sus tiempos respectivos. Conceptos que, en estos dos casos, están avalados por una demostración con la propia vida de lo que se sostiene brillantemente de palabra o por escrito. Pero páginas más arriba se ha insinuado la importancia que también pueden tener los casos históricos para enseñar filosofía y ciencia política, y para adiestrar —con la confrontación práctica— en la ciencia del buen gobierno.

En la trascendente época que estamos reseñando, tenemos el autor paradigmático en ese intento de extraer enseñanzas políticas de la historia: Cornelio Tácito. Hacer, aunque sólo sea una rápida referencia a su aportación a la sabiduría política, significa complementar metodológicamente nuestros conocimientos con el saber de un gran historiador, y también convocar al más notable prosista latino de toda la época imperial.

“Tácito es una de las más brillantes figuras de la literatura romana y el principal testimonio historiográfico para más de la mitad del primer siglo del Imperio. Pero, además, como ha reconocido toda la tradición humanista desde el Renacimiento, una valiosa fuente de sabiduría política (…) Pero Tácito, maestro de sabiduría política, no es un escritor doctrinario que discurra filosóficamente sobre la naturaleza o los problemas del poder, ni sobre las formas del Estado o los valores sociales que cada una de ellas favorece o daña. Es un historiador que narra, interpreta y comenta”[1].

Cayo Cornelio Tácito nace hacia el año 55 de nuestra era y fallece en el 125, por tanto, tiene un interés añadido para nosotros por ser exactamente contemporáneo de Plutarco. Posee una buena experiencia personal en las lides políticas ya que alcanzó la condición de senador y de cónsul. Además se casó con una hija de Cneo Julio Agrícola, el general romano héroe en la Britannia, a quien estudia en su célebre obra Agricola. Otro libro suyo que hoy en día podría resultarnos como de un estilo familiar y contemporáneo es Germania, también conocido como De las costumbres y sitios de los pueblos de la Germania, subtitulación que es bien orientativa de su contenido: un auténtico tratado socio-económico-geográfico, sobre unas tierras y pueblos que en aquellos momentos resultaban de gran actualidad para los intereses de Roma. Conservamos también el Diálogo sobre los oradores[2], en un estilo y con una forma que, podría decirse, ya se había hecho clásica en su época.

Pero para el fin que ahora nos ocupa, nos interesan sobre todo sus Anales y sus Historias que son, además, sus creaciones más importantes En la primera va dejando perfecta constancia de todos los sucesos relevantes políticamente en la dinastía Julio-Claudia[3]. En la segunda aborda, con una metodología y brillo similar, el tiempo correspondiente a la dinastía Flavia, que enlaza con los primeros Antoninos. Puede decirse que Tácito va dejando que los hechos hablen por sí mismos y que el lector saque sus propias conclusiones, con una finalidad de enseñanza sobre algunas realidades políticas decisivas, como son el misterio del poder y su fundamentación y legitimación. Para ello no renuncia a intervenir discretamente en su propia exposición de los sucesos, acompañándolos con algunos toques magistrales en los que introduce acotaciones, comentarios aclarativos, asociación de ideas quizás con oportunidad de etimologías, y sobre todo, dejando que las conclusiones caigan por su propio peso, extrayendo de ellas principios de validez más universal[4].

Tácito es el escritor que refleja la vida humana en el mundo de la gran política de príncipes, generales, senadores, funcionarios, legiones y pueblos bárbaros de la Edad de Oro del Imperio y, a la vez, en las pequeñas pero trascendentales miserias de la corte de los Césares.

Entre los estudiosos de la Antigüedad, y entre los historiadores de todos los tiempos, se ha hecho casi un lugar común citar un inciso que Tácito hace casi al final del libro III de los Anales. Allí suspende por un momento el relato de una sesión del Senado, para aclarar por qué se limita sólo a recoger las intervenciones más notables por su dignidad o por su vileza: porque la principal misión de la historia es salvar del olvido los hechos especialmente meritorios y aplicar a las palabras y acciones perversas el castigo de la mala fama. Pero en esto late una finalidad de largo alcance, que implica el amor a la verdad y la justicia de dar a cada uno lo que se merece.

“La historia para Tácito tiene evidentemente un horizonte más amplio que el de estos póstumos repartos de premios o ajustes de cuentas con los grandes personajes. La historia, para Tácito, como para sus colegas de oficio griegos y romanos, era una especie de gran laboratorio de la experiencia humana. En ella, políticos y pueblos deberían encontrar, como había dicho Tito Livio, ejemplos dignos de imitación, y estudiar los casos que por su mal principio o funestas consecuencias habían de evitarse. De todo ello resulta un saber político experimental e inductivo”[5].

A estas alturas parece ya superado el largo y variado debate entre historiadores que hacían exégesis de los textos de los Anales o de las Historias, intentando encontrar indicios de que era un defensor convencido del desfigurado sistema monárquico de su tiempo, o que por el contrario, era un fervoroso aunque cauto defensor del viejo sistema republicano. La publicación, en 1958, del Tacitus compuesto por el gran historiador neozelandés —aunque bien asentado en Oxford y Cambridge— Ronald Syme, parece haber contribuído definitivamente a aclarar que lo que a su biografiado preocupaba fundamentalmente es la cuestión del poder político, y la legitimidad de las formas en que era ejercido en Roma.

Al principio, ese poder fue un hecho que aparecía como natural: lo tenían los reyes. Después, con una mayor elaboración y justificación racional, se apoyará en el consenso ciudadano y lo tendrán el senado y los cónsules. Pero las guerras civiles del siglo I a.C., con acciones como las de Sila entre muchas otras, destruyen ese acuerdo implícito generalizado, y la fatiga nacional permite el hábil establecimiento de la monarquía bajo el nombre “inocente” de principado. Jamás quisieron usar el de rex, que como ya hemos tratado antes, desde la abolición de la monarquía era instintivamente rechazado por los romanos para el poder político, quedando reservado para quienes ejercían funciones sacerdotales y litúrgicas, lejos del poder real y directo sobre las personas.

Después de algunas resistencias —en algún caso fuertes, como hemos visto en Cicerón— se fue cediendo ante la progresiva invasión de las funciones del senado y de los magistrados por parte de los príncipes. Éstos se van ganando la lealtad de los soldados con sus donativos; la de la plebe distribuyendo gratuitamente alimentos y proveyendo a otras necesidades materiales —además de procurarles diversiones y espectáculos; mas lo determinante es la aceptación de todos por la ansiada paz pública, que terminará llevando a la denominada Paz de Augusto.

César Augusto logra una nueva forma de legitimación consensual[6]. Esa legitimación será la que durante más de medio siglo se vincule a la casa Julio-Claudia, ya sea naturalmente o por adopción. Hay que llamarse César, y así se van llamando los distintos príncipes, y hay que estar apoyados por la fuerza de la guarnición de Roma —núcleo del Pretorio, que también lo constituyen las fuerzas militares estacionadas en la península itálica—. La Urbs es el único lugar del Imperio donde se dirime quién tiene el poder. El resto es una realidad que, a estos efectos, no cuenta.

A la muerte de Nerón se quiebra definitivamente esa legitimidad dinástica, y aparece sola y desnuda, con toda su crudeza, la reincidente realidad de que el poder político lo confiere la fuerza de las armas. Se suceden los emperadores alzados sobre el poder militar de las legiones, cosa que aparece como bastante natural en una nación conquistadora. Habrá guerras, pero no civiles; pelean los soldados, no los ciudadanos como en el siglo I a.C., aunque las poblaciones civiles tengan que sufrir a veces las consecuencias. El consenso será ahora el de las legiones. Ahora ya Roma y sus instituciones no son quienes otorgan el poder, sino que simplemente, allí y en ellas, se procede a una nueva ratificación de carácter burocrático-litúrgica[7].

“El gran asunto de toda la obra histórica de Tácito es el tema del poder político. Tácito no se extiende en análisis filosóficos acerca de su naturaleza o de sus fundamentos reales. Reconoce que en el fondo de la cuestión late un misterio, varias veces aludido tanto en los Anales como en las Historias, bajo la palabra «arcano», en singular o en plural: el misterio o los misterios del poder. Tácito no intenta penetrar en esa última instancia secreta del poder por la vía de la reflexión doctrinal, sino que deja hablar por sí mismos a los hechos de la historia de Roma. Podría decirse que en los prólogos de las dos grandes obras de Tácito, y a lo largo de su detallada narración de lo acaecido en el siglo I d.C., se trasluce una historia de las legitimidades del poder político en Roma”[8].

Syme a lo largo de toda su producción, haciendo pie en la historia de Roma y apoyándose fundamentalmente en Cornelio Tácito, ha dejado claro que la acción conformadora de las grandes personalidades es un factor determinante de primer orden en la vida de un pueblo. Asimismo, usando el período del nacimiento del estado imperial, ha analizado el gran problema del poder político en las sociedades humanas. Estas dos importantes realidades llamaron siempre la atención, de un modo u otro, a todos los grandes historiadores de la Antigüedad romana. Para Antonio Fontán en los últimos siglos los más destacados han sido: Lorenzo Valla en el XV; Guillaume Budé en el XVI; Le Nain de Tillemont en el siglo XVII; el celebérrimo Edward Gibbon en el XVIII; el segundo Premio Nobel de Literatura de la historia, precisamente con su Historia de Roma—obra más literaria que histórica— el polémico e inmenso Theodor Mommsen en el siglo XIX, y en el reciente siglo XX Sir Ronald Syme, fallecido en 1989, nacido en Oceanía pero hijo y nieto de colonos ingleses[9].

Este último autor publicó por primera vez en 1939 un monumental estudio llamado La Revolución Romana, en el que pueden encontrarse importantes conclusiones para lo que aquí venimos tratando[10]. Como hemos visto, en la segunda mitad del siglo I a.C. se produce en Roma un gran cambio político, aunque algunas de sus variables permanezcan en cierto modo sumergidas: a partir de Julio César de hecho se va estableciendo una monarquía sui generis. El príncipe asume el poder y lo encarna en su persona con los títulos de Imperator y de Caesar. Es el nuevo símbolo del pueblo romano. Tito Livio, que escribe su historia mientras suceden estos mismos acontecimientos, nos los deja muy claro. Sin embargo, como Augusto se cuida de guardar prudentemente las formas constitucionales, y sabe ir en plano inclinado, y los de su casa que le suceden, de algún modo también lo hacen, para la teoría política la verdadera monarquía llegó mucho después: a fines del siglo III, con Diocleciano. Los manuales al uso consideraban que, desde Augusto hasta el soldado dálmata, el régimen vigente habría sido una diarquía: un poder compartido por el emperador —que era el más fuerte— con unas instituciones republicanas, en decadencia pero aún vigentes.

Ronald Syme, recuperando en toda su plenitud el pensamiento de Tácito, ha puesto en evidencia que no era así. Aunque se mantuvieron los títulos de las magistraturas republicanas, eran como unas cáscaras vacías. El poder residía en el príncipe y no en los cónsules, ni en el senado, ni en otro tipo de asambleas que entonces aún existían. La fuerza era la de las armas, no la de la toga. Todo lo contrario a la optimista afirmación de Cicerón cuando regían las instituciones de la República, y a su vez, haciendo totalmente ciertas sus pesimistas predicciones del final de sus días. Para Syme aquello fue una auténtica revolución política; para Gibbon esa revolución solamente habría llegado con Constantino. En realidad, el insigne historiador neozelandés en La revolución romana va más lejos: fue también una revolución social. El poder se hizo monárquico y militar; la propiedad cambia de manos; las riquezas de lugares; las clases sociales casi se invierten; los itálicos van siendo desplazados por los provinciales; las viejas familias senatoriales dejan de influir como lo habían hecho durante largos siglos.

Es interesante destacar el método por el que Syme logra llegar a estas conclusiones, de algún modo inesperadas: es por la prosopografía. Manifiesta la gran categoría científica que tenían como historiadores Tito Livio, Tácito y Salustio. Ellos pueden ser considerados escritores prosopográficos. El método “consiste en la identificación, catalogación y estudio de las personalidades documentadas que han operado de modo apreciable en la vida colectiva de los pueblos, particularmente en todo lo que tiene relación con la política y el poder, la economía y la riqueza, y la cultura en sus diversas manifestaciones. La prosopografía trata igualmente de determinar las relaciones de estos personajes entre sí”[11].

El interés de este método, para nosotros, radica en la posibilidad de constatación de que son las personas individuales quienes mueven fundamentalmente la historia, impulsados ya sea por afanes nobles o no. Esto lleva a valorar una antropología individualista —o mejor, personalista— que tiene el poder de modelar la sociedad, o al menos, orientarla, a través de las grandes personalidades inspiradoras o dirigentes, y de las elites que en torno a ellas se pueden constituir.

Antonio Fontán, eximio especialista en toda la cultura romana clásica, y a la vez, experimentado político y humanista, amigo personal de Syme, concluye significativamente sobre este asunto:

“La de Mommsen era más bien una historia de instituciones; la de Syme, como la de Gibbon, pone el acento principal en las personas. Al final, son las dos caras de una misma medalla. Pero quizá, por esa orientación historiográfica, Mommsen era más titoliviano y Syme más tacitista”[12].

Recapitulando, podríamos afirmar que la historiografía romana clásica entendió el sentido de su trabajo —sin excluir otras finalidades— como una fuente de sabiduría política. En esto se advierte, una vez más, la continuidad con los historiadores griegos. La historia patria, de un modo más específico, así como la historia comparada, nos brindan elementos para crecer en sabiduría, en experiencia, en capacidad de anticipación. Los responsables políticos, y sus consejeros, tendrán recursos contrastados con la realidad para amplificar su capacidad de reacción, aplicando remedios aprendidos de la historia. Así como una persona que no conoce bien su pasado, tendrá dificultades para crecer como adulto, así también —como sostenía Cicerón— un pueblo que no sabe su historia, y no ha reflexionado sobre ella, no dejará de ser como un niño[13].

Una de las enseñanzas de la historia con aplicación a la vida política, en los años inmediatos anteriores y posteriores al nacimiento de Cristo, es que la superior formación intelectual puede ser un camino de ascenso hacia las alturas del poder en el Imperio, sin necesidad de apoyos en ancestros o en triunfos militares. Cicerón ya había sentado el precedente del ascenso de un ecuestre sin antecedentes senatoriales en su familia. Pero era itálico. El triunfo social y político de los cuatro Anneos procedentes de la Bética —Séneca, Mela, Galión y Lucano— abren ahora nuevas posibilidades a los provinciales que adquieran prestigio por su cultura y producción intelectual. Incluso se sostuvo ya en su tiempo, que Séneca sin estar implicado en la conjuración contra Nerón, fue eliminado porque era propuesto para sustituirle como emperador, al ser un candidato de consenso por su inmenso prestigio. Treinta y tres años después de esa muerte, otro antiguo caballero de la Bética —el italicense Trajano— será un gran emperador de Roma.

[1] FONTÁN, Antonio, Letras y Poder en Roma…, pág. 30.

[2] Cfr. TÁCITO, Cayo Cornelio, Agricola. Germania. Diálogo sobre los oradores, introducciones, traducción y notas de J.M. Requejo, Colección Clásica Gredos nº 36, Madrid 1988.

[3] Cfr. TÁCITO, Cayo Cornelio, Anales: libros I-VI, introducciones, traducción y notas de José L. Moralejo, Colección Clásica Gredos nº 19, Madrid 1979; cfr. TÁCITO, Cayo Cornelio, Anales: libros XI-XVI, intr., trad. y notas de José L. Moralejo, Colección Clásica Gredos nº 30, Madrid 1986.

[4] “El análisis en profundidad que esta manera de escribir la historia implica, es, sustancialmente, un análisis político. El historiador, frecuentemente, explicita su interpretación de los hechos con una brillante sentencia al final del pasaje, que eleva los sucesos narrados a la condición de experiencia de validez universal. Otras veces es un inciso, personal u objetivo en medio de un relato, o una expresiva combinación semántica de nombre y adjetivo, o una figura estilística, la que cumple esa función hermenéutica. Mediante el empleo de una u otra de estas técnicas, Tácito descubre o evoca un mundo de representaciones mentales que ensancha el horizonte del lector, a quien traslada, sin sentir, del episodio concreto al reino de los principios generales que gobiernan la existencia colectiva, o ilustran las grandezas y miserias de la condición humana” (FONTÁN, Antonio, Letras y Poder en Roma…, pág. 31).

[5] Ibidem, pág. 32.

[6] Aparece aquí, una vez más, una legitimidad de ejercicio que se impone en un momento dado a la legitimidad de origen, pero que, a su vez, se convierte en nueva fuente de legitimidad de origen: hay que demostrar parentesco o vinculación familiar, y llevar los nombres y apellidos adecuados para poder proseguir en el poder.

[7] Se ha destacado muchas veces que hay que seguir mirando al pasado de Roma para sacar lecciones para nuestro presente. Esa deriva del poder político hacia la fuerza de las armas es una constante histórica tan notoria que resulta ocioso comentarla. Sin embargo, en nuestros días, en algunos países europeos e iberoamericanos parece una manifestación de progreso político la disminución del aprecio y el cuidado de las fuerzas armadas. A la larga, ello lleva a la sumisión respecto a otras sociedades con menos complejos ante la necesidad de mantener ejércitos bien preparados y dotados. Si no quizás ofensivamente, pero sí en el orden defensivo, los ejércitos con capacidad disuasoria siempre son necesarios, al menos en el actual esquema de poder internacional. El caso de la relación actual entre los U.S.A y Europa es bien claro: ¿quién marca la agenda de iniciativas políticas internacionales? El poder y la fuerza están siempre relacionados.

[8] FONTÁN, Antonio, Letras y Poder en Roma…, pág. 32 (el subrayado es nuestro).

[9] Ibidem, pp. 57-62.

[10] Cfr. SYME, Ronald, The Roman Revolution, Oxford University Press 1939. Hay una excelente primera edición española preparada por Antonio Blanco Freijeiro, maestro de arqueólogos e historiadores españoles de la Antigüedad, que ha sido recibida con admiración y gratitud por los especialistas (cfr. SYME, Ronald, La revolución romana, trad. Antonio Blanco Freijeiro, Taurus, Madrid 1989, 722 pp.)

[11] FONTÁN, Antonio, Letras y Poder en Roma…, pág. 61. En el primer tercio del siglo XX, el alemán Friedrich Münzer, con su extenso y detallado estudio sobre las familias y los partidos de la nobleza republicana en Roma antigua, puso de actualidad esta especialidad (cfr. MÜNZER, Friedrich, Römische Adelsparteien und Adelsfamilien, Metzlersche, Stuttgart 1963, 437 pp.).

[12] FONTÁN, Antonio, Letras y Poder en Roma…, pág. 61.

[13] “La historia se vierte en la política de modo semejante a como la historia clínica, por ejemplo —otra vez la medicina jónica—, ilumina el diagnóstico, el pronóstico y la terapéutica (…) Esta variada y ágil combinación de recursos diversos (en el relato histórico) es lo que le otorga la variedad y la riqueza que lo convierte en un depósito de sabiduría al servicio del pensamiento y de la imaginación de los hombres públicos en el análisis de las situaciones y las prognosis de futuro que constituyen la tarea de los filósofos y profesionales de la política (…) De este modo el pasado se convierte en norma para juzgar el presente y delinear las posibilidades del futuro. Se trata de una norma empírica, susceptible de elaboración intelectual, extraída de la experiencia misma. Tal cosa ocurre con los buenos ejemplos, de los que, en opinión de Livio, ninguna historia es más rica que la del pueblo romano. Pero lo mismo sucede con el examen de los desastres e incluso, al llegar a la edad contemporánea, con la contemplación de la magnitud de los males del presente. La conciencia de ellos permite, también en opinión de Livio, presentar el pasado como un modelo atractivo y eficaz. Desconociendo la historia nadie puede aspirar a ser adulto, porque, como dice Cicerón, ignorar las cosas que ocurrieron antes de nacer uno es condenarse a ser siempre niño” (FONTÁN, Antonio, “La historia como saber político”, en Letras y Poder en Roma…, pág. 104).

Radha Burnier

Según el sabio Confucio, el que no puede gobernarse a si mismo no puede gobernar a su familia; el que no puede gobernar a su familia no puede gobernar al estado. Si el gobernador no es digno, si se considera a si mismo por encima de las leyes que él promulga, aunque temporalmente pueda conseguir una ventaja, pierde mucho, especialmente la confianza y el afecto del pueblo.

Gobernar implica una responsabilidad superior al mantenimiento de la ley y el orden; el gobierno tiene un papel vital que desempeñar en el desarrollo de la virtud y en la promoción de la prosperidad y de la felicidad. Tanto que el sistema de gobierno sea democrático como monárquico, el gobierno siempre tiene que ser para el pueblo. El monarca, el ministro, el administrador, establecen el tono de todo lo que ocurre en su Estado y por lo tanto tienen tanto privilegios como responsabilidades por encima de los demás. “Tal como es el rey, así son sus súbditos,” dice un antiguo adagio. La gente siempre mira el ejemplo del gobernante y del Administrador y no simplemente sus preceptos y sus órdenes. La responsabilidad por las malas condiciones recae principalmente en ellos. La iniquidad y la injusticia solamente existen cuando el poder está detectado por la corrupción, la incompetencia y el abandono, y por aquellos que buscan aprovecharse y disfrutar a expensas de la sociedad.

Por lo tanto, los gobernantes que hacen las leyes deben ser más exigentes con ellos mismos que en aplicarlas a los pueblos. Tanto los gobernantes kshatriyas como los caballeros europeos de la antigüedad se sentían desgraciados si no lograban proteger al débil y mantener la justicia. Ellos tomaban a su cargo el más arduo esfuerzo en bien del pueblo. El poeta sánscrito Kàlidâsa expresó la ley aceptada por los gobernantes, específicamente diciendo que “las armas son para la protección de los que sufren y no para la opresión del inocente.”

Los soberanos y los administradores tienen que ser el padre y la madre para el pueblo y la prosperidad no debe juzgarse por la ganancia sino en términos de justicia.

Platón abogaba por un gobierno de reyes-filósofos porque la filosofía es necesaria para comprender los deberes y las relaciones. Ella proporciona sabiduría.

Él dijo: “No hay esperanza de que terminen los males para los Estados, y en mi opinión no la hay para la humanidad, más que a través de la unión personal entre el poder político y la filosofía.”

Como no resulta fácil acomodarse al modelo platónico, en la tradición india existía una alternativa en la que el gobernante y el administrador eran aconsejados por hombres sabios sin más autoridad que la autoridad moral. Al ser respetados por el pueblo, eran admitidos en los consejos de gobierno para incrementar la talla moral del mismo. En los procesos democráticos el poder recae sobre aquellos que no están necesariamente preparados para la responsabilidad que conlleva el poder. La irresponsabilidad por parte de hombres en el poder ha desencadenado guerras, y ha creado desastres nacionales e internacionales.

Por la misma razón, los recursos de la mayoría de los países están siendo utilizados para prepararse para la agresión en lugar de hacerlo para asegurar la prosperidad y la virtud. La mayoría de los gobernantes carecen de sabiduría para tener una amplia visión del bienestar humano. Sin embargo, las mentes de los actuales gobernantes deberían estar menos ocupadas que nunca en obsesiones tribales y consideraciones nacionalistas y etnocéntricas. En un mundo armado hasta los dientes, ningún gobernante puede permitirse el lujo de atacar a la gente de otros países sin exponer a su propia nación al más grave de los peligros.

La corrupción también se ha convertido en habitual en todo el mundo y el obtener provecho y placer se antepone al sentido de responsabilidad e interés por el pueblo. En todas las partes del mundo los que detentan el poder, tanto que sea a causa de su posición como de su riqueza, tienen poco que temer cuando quebrantan las leyes y las normas que son aplicables a todos los ciudadanos.

La gente adinerada comete a menudo actos criminales a gran escala y con impunidad, mientras que el hombre pobre es acusado de faltas de menor consecuencia.

Un gran número de gobernantes se sitúa por encima de la ley. Esto conlleva una rápida degeneración y un desprecio por las normas éticas entre la gente del mundo. Cuando prevalece un gobierno justo, “los hombres poco virtuosos se someten a los de mayor virtud.”

Cuando el gobierno es de personas que carecen de un elevado sentido de responsabilidad ocurre todo lo contrario. El consejo de la sensatez pide que los gobiernos se ajusten a un código estricto y noble de conducta que aporte a los habitantes de la tierra el bien y la paz.

Radha Burnier

Todos los grandes instructores espirituales han buscado despertar a la gente a la verdad e inspirarles para que prescindieran de los objetivos e ideas irreales y llegaran a la realización de la vida en su profundidad y esplendor. No enseñaron ningún credo ni dogma, ni se entretuvieron en banalidades. Incluso, cuando hablaban a la gente sencilla, lo hacían sobre cuestiones de profundo sentido.

A medida que pasaba el tiempo, alrededor de estas enseñanzas se levantaban religiones, con templos, con textos de autoridad, con intérpretes oficiales de la verdad, con rituales y prácticas supersticiosas.

Cuando la interpretación de las formas externas proliferó nacieron numerosas sectas dentro de cada religión. Las diferencias religiosas sectarias y los dogmatismos han sido causa de incalculable dolor en la sociedad humana. El planteamiento teosófico respecto a las religiones es el descartar todo lo externo, todo lo superficial y todos los credos que dividen a la gente y son causa de odio. Esto exige que se llegue hasta la esencia, hasta el conocimiento de las verdades eternas que unen las mentes y encienden la llama del amor. La Teosofía, en realidad, está interesada en lo fundamental, en la religión per se y no en las formalidades y las doctrinas con las que, generalmente, se identifica a la religión.

El Fundamentalismo, musulmán, cristiano o cualquiera que sea, por el contrario, está basado no en las verdades eternas fundamentales y esenciales, sino en dogmas y creencias que son motivo de luchas sectarias. Evidentemente, los que asumen el papel de profeta o de sacerdote bajo cualquier bandera por el estilo, tienen mucho que ganar. Ejercen el poder al conseguir influir en las mentes de las personas, ayudados hoy en día por los medios de comunicación, imponiendo creencias y temores, provocando el odio y las ilusiones de superioridad. Es por el hecho de que el fundamentalismo confunde a la gente sobre lo que es básico en términos del despertar religioso, que se convierte en un instrumentos político fácil.

El corazón de la Teosofía o de la Sabiduría-Religión, es “la liberación de la mente de su conciencia finita,” conduciendo hacia la unidad con la Vida Infinita. Esta realización de unidad no tiene nada que ver con el juego del poder político, con la incitación a la guerra, o con la conquista. Tal como lo proclamó el gran Rey Asoka, no hay mayor conquista que la del Dharma.

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