Radha Burnier
Según el sabio Confucio, el que no puede gobernarse a si mismo no puede gobernar a su familia; el que no puede gobernar a su familia no puede gobernar al estado. Si el gobernador no es digno, si se considera a si mismo por encima de las leyes que él promulga, aunque temporalmente pueda conseguir una ventaja, pierde mucho, especialmente la confianza y el afecto del pueblo.
Gobernar implica una responsabilidad superior al mantenimiento de la ley y el orden; el gobierno tiene un papel vital que desempeñar en el desarrollo de la virtud y en la promoción de la prosperidad y de la felicidad. Tanto que el sistema de gobierno sea democrático como monárquico, el gobierno siempre tiene que ser para el pueblo. El monarca, el ministro, el administrador, establecen el tono de todo lo que ocurre en su Estado y por lo tanto tienen tanto privilegios como responsabilidades por encima de los demás. “Tal como es el rey, así son sus súbditos,” dice un antiguo adagio. La gente siempre mira el ejemplo del gobernante y del Administrador y no simplemente sus preceptos y sus órdenes. La responsabilidad por las malas condiciones recae principalmente en ellos. La iniquidad y la injusticia solamente existen cuando el poder está detectado por la corrupción, la incompetencia y el abandono, y por aquellos que buscan aprovecharse y disfrutar a expensas de la sociedad.
Por lo tanto, los gobernantes que hacen las leyes deben ser más exigentes con ellos mismos que en aplicarlas a los pueblos. Tanto los gobernantes kshatriyas como los caballeros europeos de la antigüedad se sentían desgraciados si no lograban proteger al débil y mantener la justicia. Ellos tomaban a su cargo el más arduo esfuerzo en bien del pueblo. El poeta sánscrito Kàlidâsa expresó la ley aceptada por los gobernantes, específicamente diciendo que “las armas son para la protección de los que sufren y no para la opresión del inocente.”
Los soberanos y los administradores tienen que ser el padre y la madre para el pueblo y la prosperidad no debe juzgarse por la ganancia sino en términos de justicia.
Platón abogaba por un gobierno de reyes-filósofos porque la filosofía es necesaria para comprender los deberes y las relaciones. Ella proporciona sabiduría.
Él dijo: “No hay esperanza de que terminen los males para los Estados, y en mi opinión no la hay para la humanidad, más que a través de la unión personal entre el poder político y la filosofía.”
Como no resulta fácil acomodarse al modelo platónico, en la tradición india existía una alternativa en la que el gobernante y el administrador eran aconsejados por hombres sabios sin más autoridad que la autoridad moral. Al ser respetados por el pueblo, eran admitidos en los consejos de gobierno para incrementar la talla moral del mismo. En los procesos democráticos el poder recae sobre aquellos que no están necesariamente preparados para la responsabilidad que conlleva el poder. La irresponsabilidad por parte de hombres en el poder ha desencadenado guerras, y ha creado desastres nacionales e internacionales.
Por la misma razón, los recursos de la mayoría de los países están siendo utilizados para prepararse para la agresión en lugar de hacerlo para asegurar la prosperidad y la virtud. La mayoría de los gobernantes carecen de sabiduría para tener una amplia visión del bienestar humano. Sin embargo, las mentes de los actuales gobernantes deberían estar menos ocupadas que nunca en obsesiones tribales y consideraciones nacionalistas y etnocéntricas. En un mundo armado hasta los dientes, ningún gobernante puede permitirse el lujo de atacar a la gente de otros países sin exponer a su propia nación al más grave de los peligros.
La corrupción también se ha convertido en habitual en todo el mundo y el obtener provecho y placer se antepone al sentido de responsabilidad e interés por el pueblo. En todas las partes del mundo los que detentan el poder, tanto que sea a causa de su posición como de su riqueza, tienen poco que temer cuando quebrantan las leyes y las normas que son aplicables a todos los ciudadanos.
La gente adinerada comete a menudo actos criminales a gran escala y con impunidad, mientras que el hombre pobre es acusado de faltas de menor consecuencia.
Un gran número de gobernantes se sitúa por encima de la ley. Esto conlleva una rápida degeneración y un desprecio por las normas éticas entre la gente del mundo. Cuando prevalece un gobierno justo, “los hombres poco virtuosos se someten a los de mayor virtud.”
Cuando el gobierno es de personas que carecen de un elevado sentido de responsabilidad ocurre todo lo contrario. El consejo de la sensatez pide que los gobiernos se ajusten a un código estricto y noble de conducta que aporte a los habitantes de la tierra el bien y la paz.